miércoles, 10 de agosto de 2005

Una mañana en el trabajo

¡Ah, que hermosa mañana! Sales de tu casa con el sabor del Yakult en tus labios y ves la alfombra de luces sobre la ciudad. Respiras profundamente, percibes la humedad y lo puro del aire... con cada mililitro de aire que llega a tus pulmones una extraña felicidad te enferma. Te subes al carro, lo enciendes y comieza a tocar el disco de siempre; sientes como por tus oidos se cuelan los sonidos y te llenas de energía; sin poder resistirlo más, sonries.

Ahora viene lo emocionante, manejar hasta el trabajo... 80, 90, 100, 110... ¡120 km/h! Oh sí, que belleza, la velocidad te hace sentir dentro de un juego de video, sólo que es más emocionante manejar entre conductores de carne y hueso. Es aun mejor que el juego de consola, porque la realidad tiene otro nivel de dificultad: los conductores no saben conducir. Entonces, tu sentidos se agudizan, te vuelves un as del volante y renace en ti al cafre que se necesita para sobrevivir el tráfico.

Al fin, estás en el estacionamiento del trabajo, crees haber llegado con tiempo de sobra para ganar lugar. Sin embargo, la expresión de urgencia del guardia para que te apures a entrar te dice que por un poco más y te quedas fuera. No importa, otra razón para abrazar la mañana con felicidad: tienes lugar en el estacionamiento.

Saludas a cuanto conocido te encuentras y te sientes mejor a cada paso; con tu sonrisa, todos sonríen contentos de que alguien es feliz... entonces, te hacen la mañana y sonries con más ahínco.

Llegas a tu lugar, prendes tu herramienta de trabajo, checas entrada y te dispones a trabajar. Luego, luego... una junta, pero sin darte cuenta comienzas a cantar en el teléfono ("Voy a buscar la paz interior, en tu interior, te voy a partir en dos..."). Sin querer, acabas de hacer el primer chiste del día y todos se ríen. Después de ver los pendientes del día, tu jefe postizo da buenas noticias, les écha porras y se despide.

Desde antes que empiece la junta, ya estás platicando con Marce; sí, quién sabe porque no puedes resistir a platicar con ella, pero no lo tratas de enteder. Será que te gusta su plática, que aguanta tu charla elaborada, le gustan tus chistes, que ella es coqueta, no tiene nada que hacer o porque les gusta vivir esa fantasía. Tú le mandas fotos viejas de ti mismo; espera que te haga preguntas sobre ellas, pero se ve que ella sólo quiere estar segura que eres tú y te puede reconcer. Lo mejor es cuando escuchas que te dice que estás loco; te gusta, te gusta que te diga que estás loco, porque algo te recuerda. Te encanta cuando ella juega contigo y sonries satisfecho cada vez que te enterás de sus travesuras, como eso de aventarle papelitos a sus compañeros.

Te quieres poner a trabajar, pero de repente todo está en contra de que lo hagas. Saludas a Mire, a las Sandras, a Irwin y a Jaime... te agradan, pero sabes que no puedes platicar tanto con ellos, porque están más ocupados que tú - más que ahora no puedes hacer nada -. Pero por lo menos te devuelven el saludo y se maravilla que por lo menos uno esté de tan buen humor. Se rién cuando les dices que es una hermosa mañana, no porque no lo sea, si no porque no se habían fijado que así sea. Ya hiciste tu buena acción del día.

Para antes que llegue la hora de la comida, has hecho todo esto. También, has estado cantando esas viejas canciones de "Rock en tu idioma" que sólo tú y Beto recuerdan con tanta exactitud. A ti te encanta cantar, porque te libera y te hace sentir bien. Todos se ríen de verte, porque ven que lo disfrutas... les agrada ver a alguien de tan buen humor.

Marce se desaparece por un rato, precisamente después que le pusiste esa parte de la letra de "Persiana Americana" y de que no supiste explicar tus impresiones sobre su físico. Te comes tu sandwich y te preguntas: ¿por qué le dicen lonche al sandwich? Esperas que el software que necesitas termine de bajar, cantas "En algún lugar...", bebes coca y deseas terminar el trabajo asignado hoy, para descansar.

¡Ah, qué hermosa mañana! Lastima que ya terminó. Sabes que es una mañana cualquiera, como cualquier otra que has tenido en los últimos dos meses. Te desparramas en tu lugar de trabajo, tu corazón rebosa contento, porque todo está bien... y sabes que todo es perfecto.