lunes, 17 de agosto de 2009

Ahora Todo Pasa Muy Rápido

En un post anterior (Sé Cómo Hacerme Daño, lunes 23 de mayo de 2005) describía emociones y pensamientos que me ocurren cuando paso por un mal momento. Eso fue hace 4 años, y en aquel entonces no era tan conciente de mí, o mejor dicho, mi cabeza no estaba lo suficientemente fría para actuar sobre lo que me causa mal.

Hoy, después de dos años de "tratamiento" me pasa algo curioso: puedo saber lo qué me pasa, saber lo que siento y las emociones que me invaden. Antes, me deprimía indefinidamente, entonces pasaban días, semanas o hasta meses para poder recuperarme de algo.

Ahora, es muy diferente... ahora siento que soy muy conciente de mi angustia, enojo y frustración. La manos me sudan frio, la base de mi nuca se vuelve como tronco y al final del día siento que me ha cortado la circulación. Hay cosas que no cabian, como ese sentimiento de rechazo y soledad, que nadie me quiere, que soy inútil y que realmente valgo madres.

Creo que el tormeto por el que me hacía pasar, podía ir haciéndome de fuerzas para levantarme. Como que había mucho tiempo para ver las cosas que me llevaron a mi dolor; de ahí, podía partir a tratar de levantarme, encontrando los puntos de apoyo adecuados.

La situación es distinta. Las cosas ahora ocurren muy rápido, porque puedo verlas frente a mí, sin; no me dejo ilusionarme, sólo las veo como son. Eso es algo nuevo para mí. Es como si fuera un adolecente experimentando cosas por primera vez, al que le viene todo de pronto, y sufre por no poder entender o disfrutar lo que le ocurre.

Poder probar la frustación, el cariño, enojo, decepción y desesperación al mismo, sabiendo qué es cada cosa y sus por qué es sorprende. Esa complejidad escasamente la hubiera podido probar antes; quizá por eso no sentía que me estaba volviendo loco. La verdad es que me da temor la idea de volverme loco; creo que de ser así viviría en el mismo estado, por siempre, y eso podría llevarme a incluso querer quitarme la vida.

En esa situación me parto en dos: entre el corazón y la mente. El corazón me invita a luchar y creer, continuar la lucha hasta sentir que realmente he hecho todo lo que creía necesario para alcanzar la meta, aunque las batallas (o la guerra) estén perdidas; la mente me manda a detenerme, a no continuar una pelea que está perdida, a emprender la retirada, a cuidar lo conquistado y buscar nuevos horizontes. Esa riña entre la razón y los sentimientos es como tener algo atorado en las entrañas, que se revuelca sin precaución y me escarva y me desgarra, y que en cualquier momento saltará de mi abdomen.

En esta ocasión, busco que la razón persevere, que mande a los sentimientos tranquilizarse, a guardarse para encuentros por venir, a mantener la energía para seguir creciendo y hacer de este reino aun más grande. La mente debe recordarle al corazón que hay batallas perdidas en el pasado, pero que de las cenizas se han levantado y continuado; que siempre habrá perdidas, pero que también habrá ganancias.

Cuando la razón convencé a los sentimientos, es como despertar de un mal sueño. Dado que en el sueño ha pasado todo tan rápido, quisiera levantarme lo más pronto posible.