lunes, 23 de mayo de 2005

Sé cómo hacerme daño

Cuando ando deprimido ó realmente enojado, si me siento acorralado y desesperado, tengo ciertas ideas que preocuparían a cualquiera.

Estando en el estado de ánimo anterior descrito, me dan ganas de hacerme daño. Si veo un cigarro, me dan ganas de quemarme las manos y los brazos. No lo hago porque estoy lo suficientemente conciente para no hacerme daño, pero en mi cabecita está de repente esa imagen, quemarme, sólo por pasar ese mal trago.

Otra veces, imagino como espadas, lanzas u otros artefactos punzo cortantes atraviezan mis piernas, brazos y torso. Entonces, me veo clavado a la cama, al asiento del carro o el cine, al piso o a la pared. No hay sangre, no hay miembros rotos, pero sólo ese inmenso dolor, que a la vez creo que me relaja, como que ser atravesado por todo eso relajara mis músculos. Quizá clínicamente lo que ocurriría sería que mi cuerpo se bloquearía y efectivamente no sentiría nada. Entonces, creo que experimentaría mucha tranquilidad.

Pero la única parte de mi cuerpo que de verdad quisiera que atravesaran es el corazón. Hay días que no lo soporto. Y aunque se supone que el músculo que conocemos como el corazón en realidad sólo reacciona a señales enviadas desde nuestro cerebro, desde la parte de él en que se generan los sentimientos, es este músculo que a veces me hace insoportable respirar, caminar o concentrarme. Hay días en desearía no tener corazón o un músculo donde se reflejaran mis sentimientos. Es insoportable y asfixiante sentir como el pecho se me oprime por la ansiedad y la desesperación.

En esas imágenes que tengo sobre enterrarme cosas, las cosas salen de la nada, como si estuviera en un cuarto y de repente todo apareciera; aunque también hay veces que soy yo mismo quién me entierro las cosas. Es un deseo tan grande arracarme esto que no me deja vivir, ni pensar, ni disfrutar... que hasta me arrancaría la piel con tal de sacarme esta desesperación.

Pero todo eso, sólo son imágenes... fantasías que tenemos para mostrar lo que realmente ocurre dentro de nosotros. No necesito ni espadas, cuchillos o cigarros para hacerme daño; sólo necesito tratar de entender algo, de asimilaro y superarlo, para sufrir. Hace falta que las cosas no vayan como lo deseo, como las esperaba o, peor, que pase precisamente lo que sabía que iba a pasar (o lo que no iba a pasar) para hacerme daño; porque entonces comenzaré a tratar de asimilarlo (¿por qué?, ¿por qué?, ¿por qué?, ¿por qué?, ¿por qué?, ¿por qué?, ¿por qué?, ¿por qué?, ¿por qué?) y me aferraré, porque creo (¿o siento?) que vale la pena y por eso hay que luchar.

¿Ha servido de algo? Mi mejor consejo es, dején que me preocupe por la vida, ustedes preocupense por vivirla.